12/06/2017

Golpes de mar

 

19047107_10209630283218848_305049226_o

De izquierda a derecha: Luis Felipe Alegre, Encarna Samitier, Antón Castro, Eduardo Riestra y Mariano Gistaín.

Antón Castro

Ediciones del Viento. A Coruña, 2017

245 páginas

 

Unos días antes de la presentación, hojeaba «Golpes de mar» en la librería Cálamo y escribí a su autor: “Querido Antón: tu libro me recuerda a García Márquez, a Cela y a Cunqueiro…” Él me respondió: “Ricardo, supongo que estarán esos tres y otros muchos autores gallegos como Rafael Dieste, por ejemplo… También Rulfo, Mercè Rodoreda, Marguerite Yourcenar, Edgar Allan Poe… y, sobre todo, mi escritor favorito a lo largo de los años: Borges”.

Tras la presentación, leyendo los cuentos, recordé aquellas palabras de Antón Castro cuando la protagonista del primer relato: “Destino de lamia”, trata de superar el mal de amores visitando una biblioteca. Allí consulta vetustas geografías, enciclopedias polvorientas. Todo en pos de saberes ignotos que parecen remitirnos al universo borgiano.

Las anécdotas anteriores me sugieren la idea del imaginario lector que todos llevamos dentro. Somos lo que leemos, nuestras lecturas se convierten en cristales de un caleidoscopio que gira y gira, poniendo en marcha nuestra imaginación. En el caso de Antón Castro -lector voraz desde la adolescencia y periodista cultural durante tres décadas-, el imaginario se compone de ingentes cristales que, al más mínimo giro, modifican por completo el conjunto y cambian esa imagen caleidoscópica.

19022080_10209630284098870_1399958318_n

María José Hernández cantando al final de la presentación.

Todos los cuentos de “Golpes de mar” tienen al océano como personaje, ya sea protagonista o secundario. Un océano muy concreto, el de la Costa da Morte gallega, con especial énfasis en la antigua villa ballenera de Caión. El mar se presenta al lector como un sonido, como un aroma, como una textura que envuelve los relatos y los determina. Priman los cuentos sobre amores desgraciados.

Otra reflexión de conjunto es la relativa al tiempo narrativo. Los argumentos parecen suspendidos en una intemporalidad que a ratos nos sugiere el tiempo actual y en ocasiones un siglo XIX que no se cita pero que sin embargo aparece dibujado de un modo poemático en el paisaje, el relato o los personajes.

Aunque el libro se escribió en cuatro tiempos distintos: 1987, 1997, 2006 y 2017; sorprende la unidad del conjunto, en el cual todos los grupos de relatos exhiben similar madurez y temáticas afines. Entre todos ellos hay uno que me ha parecido magistral y en el cual me detendré. Se trata del titulado: “Dos tardes con Beatriz de Sousa”, relato de formación de un joven que llega a una Universidad Laboral de Galicia durante el tardofranquismo. Se trata de un joven enamoradizo, poeta en ciernes, fascinado por sus compañeras, entre las cuales escoge a la citada Beatriz de Sousa.

Pero la relación entre el narrador y Beatriz no cae en el lugar común del enamorado no correspondido, sino que ambos personajes se recubren de ambivalencias y sutilezas que los complejizan y los cargan de matices. Un detalle que ilustra el magisterio de este cuento es el hecho de que esté sobrecargado de nombres: de lugares, de personajes que el protagonista describe en su “Cuaderno de defectos ajenos” –un dietario– y que este hecho no sólo no ralentice el conjunto sino que contribuya a un dinamismo que va creciendo hasta su inevitable final: no otro que el transcurso del tiempo y el fin inevitable de las ilusiones.

La presentación del libro se celebró una tórrida tarde junio en el Paraninfo de la Universidad de Zaragoza, organizada por la librería Cálamo. Corrió a cargo de la periodista Encarna Samitier, el editor Eduardo Riestra y el escritor Mariano Gistaín. Amenizaron el acto las lecturas de Luis Felipe Alegre y el canto desgarrador, al son de la guitarra, de María José Hernández.

Antón Castro estuvo acompañado de muchos amigos escritores, entre los cuales estaban Agustín Sánchez Vidal, María Dubón, Fernando Sanmartín, Luis Alegre, Joaquín Berges, Irene Vallejo y Jorge Sanz Barajas. Las fotos de este artículo son de nuestro amigo Félix Santander.