02/07/2010

A proposito de “Marta”, de Víctor Juan

Recientemente se presentó en la librería “Los portadores de sueños” de Zaragoza la novela de Víctor M. Juan “Marta”, editada por Eclipsados. Dado lo interesante del autor y el tema y de la estupenda presentación que hizo de ambos José Luis Melero, ofrecemos el texto casi completo, gracias a la amabilidad de éste.

Semblanza del autor

Víctor es un hombre valiente y decidido, que se atreve con los retos más exigentes. Pensemos en la dirección del Museo Pedagógico de Aragón y en la dirección de Rolde, en la que tuvo que sustituir nada menos que al gran Antonio Pérez Lasheras, cuando a éste lo hicieron director de las Prensas Universitarias de la Universidad de Zaragoza, que había puesto el listón muy alto. Y es un hombre voluntarioso, con una gran capacidad de trabajo.

 A la vez, Víctor tiene algo de ingenuo, porque es como esos viejos anarquistas seguidores de Anselmo Lorenzo que se creían que iban a poder cambiar el mundo y soñaban con la utopía libertaria. Víctor cree en todo lo que hace con el candor entrañable de un niño. Esa ingenuidad, ese candor, le hace ser hoy, en un mundo en el que abundan los trepas y los tiburones, muy atractivo.

Fíjense hasta donde llega esa ingenuidad, que en la novela que presentamos hace que el protagonista le pregunte a la chica a la que trata de conquistar: “¿Conoces los versos de Paul Valéry que están escritos en el frontón del Palais Chaillot en París?” Pero, hombre, Víctor, cómo va a conocer la chica, que es una farmacéutica corriente y moliente, unos versos de Valéry… Ni la chica, ni nadie. Víctor se debe de pensar que lo normal es que los farmacéuticos viajen a París, al Palais Chaillot, a leer los versos del francés. Si uno se comporta así en la vida real, desde luego no se jala una rosca y no se liga a la boticaria ni por casualidad.

Víctor es un hombre concienzudo. Le gusta hacer las cosas bien y le horrorizan las chapuzas. Y es un hombre conciliador pues trata siempre de llegar a arreglos y de tender puentes.

Víctor es un torbellino: de ideas, de proyectos, de ilusiones. Por él se hizo la reproducción de la caja de música de Ramón Acín, por él se ha reconstruido ahora su mesa de dibujo. Él ha fundado recientemente la revista “Aragón Educa”, que va a ser un referente en el mundo de la educación, él lleva ya publicados una veintena de libros en el poco tiempo que lleva al frente del Museo…

 Víctor es un hombre orquesta. Es de esos tipos que podrían ser a la vez el fagot, los violines, la viola, el clarinete y la percusión. Y además, el director de la orquesta. Y eso que no quisiera hablar ahora yo de su batuta. Es de esos que son capaces de hacer de todo: igual se arregla el tejado de su casa, que te hace una página web. Igual monta a caballo que investiga y te publica media docena de libros sobre historia de la educación. Igual te descubre a María Sánchez Arbós o a Palmira Plá que te cambia las ruedas del coche. En las fiestas del pueblo, él solo amenizaría el baile. Sería de esos hombres-orquesta que tocan a la vez la batería, el acordeón, la armónica y la guitarra.

 Víctor es el rigor. En todo lo que hace. Nunca hablar de oídas. Nunca escribir de oídas. Siempre buscando la matrícula, aunque algunas pocas veces se quede en el sobresaliente.

 Víctor ha firmado muchas veces como Víctor M. Por esa M. es muy “mirao”. Y  como es muy “mirao”, para evitarme que estuviera hasta mañana diciendo tontadas con las iniciales de su nombre, decidió llamarse Víctor Juan, que es un nombre cortito, y no Nepomuceno Olagaescoechea.

 Víctor es jovial, jacarandoso y amable con todos. Y siempre tiene una sonrisa para quien la necesita.

 Vamos por la U. El escritor y farmacéutico oscense José María Llanas Aguilaniedo utilizaba para denominar a los homosexuales en La mala vida en Madrid, un libro fantástico de principios del siglo XX que estudiaba los bajos fondos madrileños, un término hoy en desuso: uranistas. Pues bien, Víctor de uranista, nada. Que le gustan mucho las chicas.

 Víctor es un aragonesista enamorado de su país, de sus gentes, de su cultura, de sus tradiciones. Es uno de esos que piensa que si nosotros no nos preocupamos de nuestras cosas nadie va a venir de fuera a defenderlas. Y que defender y preocuparse de nuestras cosas no sólo no es cateto ni provinciano, sino que es la mayor muestra de generosidad y desinterés: no se lo va a valorar ni agradecer nadie…

Y finalmente nos queda la N, la N de No. En Víctor Juan no están –y me gustaría que estuvieran- la “E” de eficaz y eficiente, la “B” de bueno, la “L” de leal, la “S” de sabio y la Z de “zaragocista”.

La novela

 Tras el retrato, vayamos ahora con Marta.

La palabra “delicadeza” se inventó para poder referirse a la actitud de Víctor Juan ante las cosas. Y cuando escribe, Víctor es también así. Marta es una novela poética, delicada, una novela de amor en la que los protagonistas nos envuelven de palabras y sentimientos y nos llenan de melancolía por los amores que pudieron haber sido y no fueron. La novela de Víctor me recuerda mucho aquella dedicatoria que el escritor cubano Severo Sarduy le puso a Felicidad Blanc, la madre de los Panero, en un libro que le envió poco antes de suicidarse: “con una oscura intuición de lo que hubiera podido ser la dicha”.

Porque en Marta se cuenta el encuentro de dos antiguos novios que llevaban treinta años sin verse. Él, Javier, es un periodista que está ahora separado y ella, Marta, una farmacéutica casada y con dos hijos. Él entra en la farmacia de ella, se reconocen y aquel encuentro remueve antiguos sentimientos que creían dormidos. Y empiezan a tener ambos, como Sarduy, una oscura intuición de lo que hubiera podido ser la dicha en caso de haber seguido juntos.

A partir de ahí, Víctor nos cuenta sus encuentros, sus dudas, sus escarceos, sus deseos de verse, sus ilusiones recobradas, su búsqueda de la felicidad, su rebelión ante la rutina, ante lo previsible, ante el futuro que adivinan de una vida conformista y aburrida, el nacimiento de nuevo de un amor que había estado dormido durante treinta largos años. Esto, que parece sólo literatura, también sucede en la vida real. Yo conozco en Zaragoza un caso como éste, de antiguos novios que volvieron a unirse muchos años más tarde, y el otro día Miguel Mena contaba en la radio que él conoce un caso todavía mejor: una mujer de Logroño que en su primera juventud, en un viaje, se enamoró de un muchacho turco, al que por presiones familiares dejó de ver. Muchos años después, estando ya la mujer separada, quiso conocer qué había sido de aquel chico turco. Y hoy están juntos.   

A la vez que se desarrolla esa historia de amor, Javier, el periodista, se ve inmerso en una aventura peligrosa a raíz de un artículo que publica denunciando las actividades de uno de los caciques de la ciudad. En esos dos polos acaba moviéndose la novela: el amor, por un lado, y la acción y la aventura, por otro.

La novela es además muy zaragozana y muy aragonesa. Se desarrolla en Zaragoza: los protagonistas se enamoraron junto a la fuente del paraguas del Paseo de la Constitución, Javier vive en el paseo de Sagasta, Marta tiene la farmacia en uno de los barrios de expansión de la ciudad y antes la tuvo en Ansó, y está casada con un director de una de las sucursales de Ibercaja en el Actur que juega al paddle en el Stadium Casablanca. Javier come en La Galatea, el restaurante de su amigo Santiago Gascón, y echa en falta la columna de Mariano Gistaín en el periódico. Por la novela desfilan el Plata, el Oasis y Bodegas Almau; la Ortopedia La Francesa, la Plaza del Pilar y San Juan de los Panetes; el Puente Santiago y el Paseo de Echegaray y Caballero; la calle Manifestación, la Plaza San Felipe y la calle Fuenclara. Allí, en la librería “Alejandría”, que es, claro, la librería “Libros” que fundara Seral y Casas, hasta el propio Víctor Juan se atreve a asomarse a la novela y aparece un momento en ella como Hitchcock en sus películas; y se ríe un poco de sí mismo diciendo que tiene nombre de cantante de boleros. A Zaragoza le dedica Víctor algunas líneas memorables. Ver página 72.

Y es una novela romántica, de las que no se llevan, llena de gestos románticos. La noche en la que Javier y Marta van a volver a estar juntos, después de treinta años, él la lleva a cenar a la crepería “La Flor”, sólo porque era allí donde tantas veces ellos cenaron juntos antes de ir al cine. Y Javier, que es un “palabrero”, como lo es Víctor, le llega a decir a Marta que Valéry escribió aquellos versos de París de los que hemos hablado “pensando en ti y en mí”. Sólo a un romántico embaucador y “palabrero” se le ocurre escribir tal desatino. Y se dicen cosas como ésta: “Te haría sitio en mi vida escarbando con las uñas en las paredes de mi corazón”.

Es también una novela blanca. Frente a las cochinadas –excitantes y envidiadas cochinadas- que Julio José Ordovás nos contaba recientemente en su dietario En medio de todo, también editado por Eclipsados, en Marta sólo sabemos que los amantes se han acostado juntos porque se nos dice: “Amanecía cuando Marta abrió la puerta de su casa”. Esta es la forma de narrar de Víctor: sugerir, seducir, dejar insinuados apenas unos apuntes y huir del trazo grueso, brutal y expresionista. Es decir, elegir a Ramón Gaya frente a George Grosz.

Marta es la novela que todos ustedes tienen que leer cuando elijan leer algo sobre el amor y los buenos sentimientos, sobre la pasión por la vida y la delicadeza, sobre el deseo de cambiar el curso de la historia y la ausencia de resignación, sobre Zaragoza, sobre la victoria de los buenos frente a los malos. Cuando quieran, en definitiva, soñar y sentirse mejores y felices.