El protagonismo de la Virgen del Pilar en la II República y en los inicios de la Guerra Civil en Zaragoza
A través de Internet he podido conocer la Tesis Doctoral de 2012 de titulo muy sugerente Usos Públicos de la Virgen del Pilar: De la Guerra de la Independencia al primer Franquismo, cuyo autor es Francisco Javier Ramón Solans, dirigida por los profesores Pedro Rújula López (Universidad de Zaragoza) y Mercedes Yusta Rodrigo (Université Paris 8). Han participado conjuntamente La Universidad de Zaragoza, Facultad de Filosofía y Letras, en su Departamento de Historia Moderna y Contemporánea; y la Université de Paris 8, Ëcole doctorale Pratiques et théories du sens. Laboratoire d´´etudes romaines.
Como he comentado el título es muy sugerente y muy claro tanto en su temática como en su periodo de estudio. Es una tesis brillante desde un punto de vista científico. Y además valiente por su temática, ya que toca y habla de uno de los símbolos más importantes para Zaragoza y Aragón en su conjunto, como también en el resto de España.
En las líneas que vienen a continuación me he fijado exclusivamente en algunos hechos de tiempos de la II República y del inicio de la Guerra Civil tras el golpe del 18 de julio. Mostraré el choque frontal desde determinados sectores católicos zaragozanos a la puesta en práctica de la política laica por parte del gobierno social-azañista (1931-1933), simbolizada especialmente por la retirada de la imagen de la Virgen del Pilar del salón de plenos del Ayuntamiento de Zaragoza. Sobre este hecho concreto además de la Tesis utilizaré mi libro La vida dura de un socialista zaragozano. Bernardo Aladrén. Y acabaré, recurriendo de nuevo a la Tesis, con el bombardeo de la Basílica del Pilar el 3 de agosto de 1936, sus secuelas en la sociedad zaragozana y aragonesa, y su aprovechamiento por los rebeldes para justificar y legitimar su Cruzada.
Siguiendo la doctrina de la Iglesia y la prudencia que imponía la proclamación de la República, el 24 de abril de 1931, el Vaticano recomendó a los obispos que respetaran los poderes establecidos. Sin embargo, una parte de la Iglesia fue incapaz de mantenerse en los límites marcados por el secretario de Estado, cardenal Pacelli. Uno de ellos, ni siquiera esperó a las recomendaciones vaticanas, fue el arzobispo de Zaragoza, Rigoberto Domenech que publicó una pastoral el 21 de abril pidiendo protección divina para la patria. En la misma línea se expresó la revista el Pilar de 18 de abril de 1931:
“El día 14 fue proclamada la república en toda la nación. ¡Dios salve a España! ¡La Virgen del Pilar proteja a España! Que cada uno cumpla con sus deberes de católico y patriota. Con Dios sobre todo”.
El siguiente número de El Pilar llamaba a la lucha por medio de “oración como si todo hubiera de depender de un milagro; acción como si el Cielo nos abandonara a nuestras propias fuerzas”. No era tiempo para las diferencias, “ante el momento actual, deben remozarse nuestras fuerzas para proseguir con más ahínco la labor milenaria de la España católica”.
El 1 de mayo de 1931, el Arzobispo publicaba otra circular en la que, aún pidiendo respeto a los poderes constituidos para mantener el orden, también ordenaba misas quacum necesítate y pedía actos públicos con exposición del Santísimo para suplicar al Sagrado Corazón a través de la Virgen “que derramase sobre nuestra patria y sobre la Iglesia sus gracias y que no nos abandone su tutela”. La república fue interpretada por la Iglesia zaragozana con un sentido apocalíptico, como que la llegada del reino de Cristo estaba próxima.
En este ambiente escatológico, el 11 de mayo de 1931, una mujer entró en el templo arrodillada con una vela en la mano y salió de la Santa Capilla pidiendo “el favor del cielo por España”. Fueron sumándose en los días sucesivos muchas más mujeres que suspirando pedían perdón a Dios y que al unísono respondían “salvad a España” al grito de “Oh, María sin pecado concebida! Con ellas, se mezclaron la Acción Católica de la Mujer y la Corte de Honor de damas del Pilar para mostrar su unidad “contra la Revolución en nombre de la Patria y de la Religión”. El 20 de mayo, aniversario de la coronación eran centenares las mujeres las que entraban de rodillas en el templo rezando el Rosario diciendo “Dios Nuestro Señor y la Santísima Virgen del Pilar acojan benignamente esta colectiva plegaria expiatoria”.
A lo largo del bienio progresista (1931-1933), las mujeres encabezaron las movilizaciones contra la República y las medidas secularizadoras. Su presencia en la vanguardia contrarrevolucionaria era en parte consecuencia de las campañas eclesiásticas así como la socialización de los valores nacionalcatólicos a través de la Corte de Honor y la rama femenina de la Acción Católica. Por eso el jesuita Vicente Gracia escribía en El Pilar de 6 de junio de 1931:
“Quiero que sepa la España entera que gracias a esa pléyade de santas mujeres que con sus rodillas y lujosas o sencillas faldas han relucido los mármoles del pavimento del gran templo mariano en procesión de penitencia varios días, gozamos hoy del beneficio inestimable de la paz lo mismo en las casas de oración que en las calles y paseos. Don preciosísimo que nunca podremos agradecer bastante ni a la Santísima Virgen ni a las piadosas mujeres que nos lo han conseguido”.
En este contexto podemos situar la decisión del Ayuntamiento de Zaragoza de retirar del salón de sesiones la imagen de la Virgen del Pilar el 12 de febrero de 1932. Finalmente, el 12 de febrero de 1932 se confirmó la decisión de retirarla en cumplimiento de la Constitución de 1931. Por su trascendencia, merece la pena explicar al detalle cómo se desarrollaron estos acontecimientos. A partir de aquí, me basaré en mi libro La vida dura de un socialista zaragozano. Bernardo Aladrén. El citado día, 12 de febrero, el Sr. Monterde, monárquico, hizo constar su sorpresa y sentimiento por haber sido quitada la imagen de la Virgen del Pilar, que representaba un símbolo de nuestra religiosidad y anunció su decidido propósito de abandonar el Salón de Sesiones, rehusando colaborar en la labor municipal con las demás minorías. Estas palabras fueron recibidas con división de opiniones. A continuación abandonaron la sala los concejales monárquicos Cavero, Monterde, Ortiz y Navarro. Tuvo que intervenir la presidencia para imponer el orden en la sala, que al no conseguirlo plenamente debió actuar la guardia municipal para detener a aquéllos que aplaudían la actitud de los monárquicos, a uno de los cuales se le ocupó una porra. Entretanto se enzarzaron en un penoso incidente el radical, Lorente y el monárquico, Burillo.
Posteriormente intervino el socialista Ruiz para lamentar los incidentes, aduciendo que la decisión que los había motivado no podía verse lesión de los sentimientos religiosos, sino interpretación civil y laica de la República. A continuación intervino el alcalde Sr. Banzo, para insistir en la idea de que estamos en un Estado laico; y que este Ayuntamiento no es religioso ni irreligioso, católico ni acatólico; pero las disposiciones esenciales del Estado debían cumplirse. Terminaba lamentándose que el Sr. Monterde se hubiera comportado de tal manera, y no tuvo en cuenta que él personalmente había ido a defender a unas monjas a la salida del convento en unos momentos difíciles.
En el Pleno siguiente de 19 de febrero el Ayuntamiento se ratificó en su acuerdo de retirada de la imagen de la Virgen del Pilar, aunque los monárquicos se resistieron cuanto pudieron. A tal efecto, la Comisión de Gobernación presentó un dictamen, desestimando una petición de la Congregación de Caballeros de Nuestra Señora del Pilar de revocar el acuerdo del Pleno anterior. El Sr. Calamita pidió que este dictamen quedase sobre la mesa para su estudio. Fue rechazada la petición. Volvieron a intervenir el alcalde, Banzo, y Ruiz, por los socialistas, con los mismos argumentos.
El día 26 de febrero la minoría de las derechas presentó un escrito, lamentando la decisión tomada, que la consideraban una descortesía hacia ellos; mas decidió continuar en la actividad municipal. Ruiz replicó para decir que en ningún momento se había producido descortesía alguna, y por ello exigía que se retirase aquella palabra. Además fue aceptado un escrito de las minorías republicanas y socialista, en el que se quejaban amargamente de un artículo del Sr. Monterde publicado en la prensa local, en el que incitaba a la rebelión, acusando de intransigente al Ayuntamiento, así como de avergonzarse de ser zaragozano. Este concejal se ausentó 4 años de la actividad municipal.
Retorno ahora a la Tesis. Como era de esperar la retirada de la imagen de la Virgen del Pilar supuso también una espectacular ola de protestas en la prensa. Las acusaciones fueron tan graves que el Ayuntamiento pensó incluso en querellarse contra El Noticiero. Sin embargo, la gran polémica sería por un artículo del diputado conservador y católico Antonio Royo Villanova, publicado en el ABC el 20 de febrero de 1932 bajo el título de “Un colmo de sectarismo. El desahucio de la Virgen del Pilar”. Lo más destacado es la definición de la Virgen como un símbolo polifacético, admitiendo su carácter civil:
“¿Cuándo ha tenido la Virgen del Pilar nada que ver con el clericalismo? Ni siquiera es un símbolo meramente religioso. A su innegable significación piadosa, dentro del culto católico, y sobre todo el sentimiento religioso español, una en Zaragoza un valor regional, histórico, social, hasta civil…Se podrá separa la Iglesia del estado pero no se podrá separa la vida municipal de la emoción religiosa y, sobre todo, no se podrá separar a Zaragoza de la Virgen del Pilar”.
Más adelante atacaba al Ayuntamiento por la contradicción de mantener las fiestas del Pilar y retirar la imagen del salón de sesiones, ¿Es que las fiestas de Zaragoza, de octubre de 1932, se van a llamar fiestas republicano-socialistas? Porque las gentes vienen a Zaragoza a visitar a la Virgen del Pilar y no, ciertamente, para ver qué cara tienen los concejales”.
Prosigamos más adelante en la historia. El golpe de estado de 18 de julio de 1936 provocó un clima de exaltación religiosa en Zaragoza. Tras el golpe el primer editorial del Noticiero fue pedir a Dios y la Virgen que velaran por la Patria. Desde ese día, la basílica se llenó de gente rezando rosarios por las necesidades de España. En este contexto de exaltación religiosa y patriótica podemos entender la reacción de los zaragozanos ante el bombardeo del Pilar. La madrugada del 3 de agosto, según testimonios locales, un avión camuflado bajo la bandera bicolor dejó caer tres bombas, dos en la basílica y otra en la plaza. El hecho fue interpretado en clave sobrenatural al no explotar ninguna y la que cayó en la plaza hizo una huella en forma de cruz. Pronto se oyeron por Zaragoza gritos “Milagro, milagro, la Virgen nos protege”. Los actos de desagravio se canalizaron de forma colectiva y siguieron el patrón de protesta muy similar al manifestado durante la República. Se formaron largas colas para besar el Pilar, las vendedoras del mercado, Acción Ciudadana del barrio de San Carlos y otros colectivos compraron ramos de flores. El Noticiero cerraba un artículo titulado “La pagarán, los rufianes” donde dentro de esta cultura nacionalcatólica del pasado utilizaría la omnipresente Guerra de la Independencia para exaltar el combate contra la República:
“la excelsa Patrona de Aragón que en 1808 tornó inofensivas las granadas francesas, ha hecho ineficaces en 1936 las espoletas que habían de prender fuego a la carga de los horribles artefactos caídos sobre nuestro primer templo mariano. Por este verdadero milagro Nuestra Señora del Pilar los daños materiales son exiguos; y por el contrario son grandes los bienes morales”.
El cabildo solicitó a la autoridad militar las bombas para colocarlas en el museo en memoria del bombardeo y del movimiento patriótico militar. El 17 de agosto se colocó una cruz con la fecha del bombardeo en el sitio de la plaza donde estalló una de las bombas. La Virgen del Pilar se vestía definitivamente para el combate. La Guerra era una Cruzada. En todos los actos de desagravio se acusó a los marxistas y los catalanes como los autores del atentado. En algunas cartas de protesta dirigidas a las instituciones zaragozanas se hacía referencia exclusivamente a la responsabilidad de los catalanes (de la Generalidad de Cataluña, las hordas catalanas, la canalla catalana o apóstatas afiliados a la Generalidad). La carta del Ayuntamiento de Letux señalaba que el ataque fue realizado por “esos desalmados, cobardes y criminales antiespañoles llamados catalanes”. Otras hablaban de las bandas salvajes del comunismo.