El sargento Marcuello
Jaca es una mezcla de Melilla y Benidorm. Una Melilla en la que los peregrinos son los moros y un Benidorm en el que los vasconavarros son los guiris. Digo yo que será por los uniformes militares y las sotanas, o por los fosos, o por las endemoniadas, o por el espíritu de Fermín Galán, pero, sea por lo que sea, el caso es que la masificada perla del Pirineo forja caracteres levantiscos. Antonio Pérez Lasheras, por ejemplo, que es el mismísimo Hombre Dinamita. O José Ramón Marcuello, al que no es sangre lo que lo corre por las venas, sino nitroglicerina.
Marcuello tiene un aire y la voz y hasta apellido de sargento. Marcuello, no me digan que no, suena como Arensivia, aquel sargento de las historias de la puta mili. Y luego está ese mostacho que calza, entre prusiano y chusquero, de ordeno y mando y me cago en dios y en todo lo que se menea. Y la voz. La voz de trueno. Yo para despertarme me pongo en la radio a Marcuello como otros se ponen a Jiménez Losantos, la picaraza del Tremedal, y no veas qué subidón. Hasta mi rottweiler se echa a temblar y se mete debajo de la cama gimoteando igual que un conejo en lugar de exigirme a testarazos, como ha hecho siempre, que lo saque a asperjar los portales del barrio. Sí, Marcuello tiene voz de domador de tigres. La lengua la hace restallar como si fuera un látigo. Látigo de domador o vergajo de carretero.
Cuando le da por escribir algún artículo iracundo, despotricando contra esto, lo otro o lo de más allá, a Marcuello también le sale la voz de trueno. Y eso está bien, aunque sólo sea porque la mayoría de los que escriben en los periódicos tienen voz de pito, de canario (y no lo digo únicamente por Juan Cruz, el pequeño ruiseñor del PSOE) o de señorita de la megafonía, repitiendo robóticamente, por enésima vez, que nos quedan tres telediarios para llegar a la última estación.
Pero el Marcuello que a mí me fascina es el otro. El hombre de las nieves que se dejó atrapar, casi hasta el ahogo, por las aguas tenebrosas del Ebro. Porque Marcuello es el Caronte del Ebro y cuenta uno a uno los peces del río y los mejillones cebra como los niños cuentan las estrellas o los copos de nieve. Las ninfas del Ebro, que no se dejan pescar ni por él ni por nadie, saltan a la comban en el azud de Vadorrey y cantan: “Al pasar la barca, / me dijo Marcuello: / las niñas bonitas / no pagan dinero”.
A Marcuelo habría que nombrarlo gobernador de la Ínsula Barataria, para que demostrara sus dotes de mando formando una tropa de pescadores rumanos a los que haría desfilar cada 12 de octubre con las cañas al hombro y la vista al frente, paso ligero, un, dos, un, dos, ¡ar! Marcuello sería capaz de organizar un ejército de salmones, o de truchimanes, si se lo propusiera.
Andalán, el Andalán de envolver pescado, fue un nido de utópicos pero muchos, más de la mitad de aquellos revolucionarios de salón, tintorro, tabaco negro y carajillo, han caído en el baturroescepticismo, y no porque no hayan recibido jamones, canonjías y medallas. Escribir en los periódicos ya no viste socialmente. Escribir en los periódicos, y además con seudónimo, es cosa de frágiles fósiles. Mola más la tele, que engorda y rejuvenece.
¿Y Trébede? ¿Qué fue de Trébede? Se la tragó el pozo de San Lázaro, como después se tragaría a Qriterio, que era hija de Trébede como Trébede era hija de Andalán.
A Marcuello, cuando estaba en el pescante de Trébede y se sentía un César plenipotenciario haciendo resonar la tralla, le gustaba repetir una frase digna de figurar en la historia interminable de la miseria periodística: “Roma no paga a traidores y Trébede no paga a colaboradores”. Así nos ha ido. Así nos va.