06/12/2022

«Paisaches»

El pasado 14 de septiembre tuvo lugar en la Casa de Aragón en Madrid la presentación del último libro de Ánchel Conte, Paisaches (título que me ha recordado aquel otro, Personajes de mi paisaje, de Rafael Andolz Canela, también escritor y estudioso del aragonés).  A las siete y media de la tarde, don Chusé Inazio Felices dio al público la bienvenida a la tertulia “Joaquín Costa” (y recordó que este año se cumplía el 176 aniversario del “león de Graus”).  A continuación, esbozó la “historia de Conte”, que abarcaba desde la primera edición de No deixez morir a mía voz hasta la reedición de esta obra hacía poco tiempo, y, entre ambas, una pléyade de libros.  Excusó en ese momento la ausencia de doña Elena Gusano y doña Carmen Gascón (quien quería hacer grabaciones de la lectura de los poemas del nuevo libro del autor citado).  Se hizo referencia, por otra parte, a la celebración del aniversario de Andalán y al documental realizado sobre esta publicación.  Volvió Felices a la obra literaria de Conte:  en medio de las ediciones del primer poemario, se encontraban aquellos ejemplares editados cuidadosamente por el Consello d’a Fabla Aragonesa, y después los publicados con mucho cariño merced a la editorial “Los libros del gato negro”.

Acto seguido, don José Luis Gracia Mosteo calificó a Conte como “poeta duro y exigente”, mientras la editora Marina Heredia admitió que quería, admiraba y respetaba a Ánchel, quien le había reconocido que ése era su libro, de Marina, pues ella había hecho la selección de poemas, escritos en los últimos años.  Explicó después la editora el título, Paisaches.  El paisaje era, lato sensu, una columna vertebral en la poesía de Ánchel:  caminos recorridos, soñados, con lugar en el mapa (Alcolea, Aínsa, Vera o Estambul) y también puntos señalados en su alma.  Afirmó que “el paisaje te construye, pero también lo construyes tú”, que “las personas, los amados, los deseados, somos paisaje” y que “lo que nos construye son pequeños instantes de sentimientos”.  Admitió que leía los poemas de Conte “con el corazón y desde la ignorancia” y que le ayudaban “a ser mejor, a comprender mejor el mundo y el amor”.  Reconoció que a ella se debía el retraso del libro, debido a los problemas habidos en el último año, pues sentía la necesidad de dedicarle a su publicación un tiempo de placidez, amable, ya que para esta editora no era un trabajo, sino algo que le hacía disfrutar.  Advirtió que la cubierta era obra de Carlos Soler, ilustrador de libros dirigidos a un público infantil;  cuando vio esa imagen, pensó en ella para el libro.  No fue, pues, un encargo.

Finalmente, ella, la emotiva, dio paso al intelectual.

Comenzó Gracia Mosteo felicitando a Chusé Inazio Felices y recordando a Galicia, en concreto al lema “Galicia calidade”, pues traer a Ánchel Conte a la Casa de Aragón era hacer calidad.  Recordó que allí habían venido poetas y novelistas a los que se les había abierto las puertas por un sentimiento de pertenencia, pero cuya ilusión era mayor que su valor literario.  Advirtió cómo en estos tiempos muchos nos presentaban sus desafíos intelectuales, que eran en ocasiones, a ojos del crítico, paja a secas, pues mientras unos se iban a la República Dominicana o a Copacabana otros se pagaban un libro porque deseaban ser poetas (igual que Concha Velasco quería ser artista) y el editor “les vendía la moto”.  Mas para él ser poeta no se elegía, era un don:  tener una sensibilidad fuera de lo normal.  Rememoró algunos de los cuarenta poetas que le había tocado en suerte presentar en los últimos veinticinco años, entre los que destacó a José Antonio Labordeta…  Y ello, en el Café Gijón, en el Círculo de Bellas Artes, en el “Bandido doblemente armado” (espacio cedido por Soledad Puértolas, autora que ha publicado recientemente Cuarteto).

Y sentía en ese momento satisfacción porque tenía la sensación de estar ante un poeta que le parecía inmortal  (el abajo firmante piensa, pues, que Ánchel sería una excepción a la norma expuesta por el rumano Mircea Cartarescu, según el cual “la mayoría de los poetas pierden el aliento después de unos siete años”, aunque “aún puedes ser poeta en tus novelas y cuentos, en tu vida cotidiana”.  Pero, admite el bucarestino, “si tienes un verdadero cerebro de poeta, envejecerás como poeta y morirás como poeta” (extractos de la entrevista realizada por Toni Iturbe y publicada en Librújula, nº40, pp. 64-67)).  Reivindicó Gracia Mosteo, al hablar del idioma del poemario presentado, su condición de aragonés, así como recordó el hecho de que su abuelo era de Oliván;  pero la obra de Conte iba más allá de la lengua en que estaba escrita;  ya que la traducción al castellano de la poesía de Conte tenía, en su opinión, el mismo valor que en aragonés.  Sobre este particular, quien realiza esta breve crónica de la presentación de Paisaches,  opina que puede no ser ocioso recordar la anécdota que relata Ricardo Bada (“En defensa de la traducción”, en El trujamán, 9 de febrero de 2011, disponible en la web del Centro Virtual Cervantes):  Milan Kundera preguntó a Carlos Fuentes si había leído a Kafka.  El mexicano le respondió que sí.  El checo volvió a la carga:  ¿lo había leído en alemán?  Fuentes confesó que no lo hablaba.  “Y Kundera le aseguró que entonces no había leído a Kafka”.  Pues con Conte no existe tal obstáculo, pues en varios de sus poemarios nos ofrece su traducción al castellano, realizada por él mismo (es como si contáramos, mutatis mutandis, con la “interpretación auténtica”, si bien no de un texto legislativo, sino literario).  Otros artículos de esta revista del Instituto Cervantes que podrían citarse aquí son los de José Ramón Trujillo (“Eurotraducción.  Entre la sensibilización y la racionalización, 7 de febrero de 2002, en el que destaca, recordando a Steiner, en relación a las lenguas y las culturas de Europa, “su roce fecundo”), y Andrés Ehrenhaus (“Lugares de saber”, 18 de febrero de 2015, para quien en la traducción “se trabaja con tres cosas:  lengua, cultura y emoción”, y añade:  “El resto es saliva”).

Le calificó Gracia después como “un tipo raro”, tanto que su presentación la podría haber titulado como “Elegía de un hombre incorrecto”, pues con Franco fue un antifranquista abierto y combativo; en un época en que la religión oprimía, fue un gay abierto y combativo; durante el “procés” fue constitucionalista y combativo…  No se había rendido nunca y siempre había estado al lado del sentido común.  Y advirtió que para llegar a este camino Conte lo había tenido que pasar muy mal.  Admiró, mandaba “collons”, que un funcionario pagado por la Generalidad hubiera contradicho a sus dirigentes.  Y reconocía, por otro lado, que bajo esa fortaleza latía una sensibilidad refinada.  El parecido que según Gracia tenía Conte con un hoplita griego debería tener como resultado una poesía recia.  Pero no era así, la suya era exquisita y ahondaba en el panteísmo que se fundía con la Naturaleza.  Para este humilde colaborador de Andalán, Conte hace caso omiso, así, de lo aconsejado por Catulo respecto a la obra literaria en su poema XVI:  “sabed que ha de ser íntegro el poeta en su vida, más no en su poesía…”;  ésta es como él, “selecta” por utilizar la expresión tan cara a don Juan Moneva y Puyol.  Por otro lado, puede añadirse que algo similar afirmaba don Antonio Pérez Lasheras en su prólogo a Luna que no ye luna (también editado por “Los libros del gato negro”:  “La poesía de Ánchel Conte presenta un perfil, unas estructuras y unos temas y unos tintes muy modernos y no, como cabría esperar  de un escritor en una lengua minoritaria, apegados al paisaje y al terruño.  Se trata de un autor de una gran cultura, cuya reflexión estética es muy próxima a la de los grandes creadores de nuestro tiempo”.

Admitió el crítico de Calatorao que casi siempre tenía Ánchel razón, y que “en estos tiempos malos para la lírica (según cantaba Germán Coppini, uno de los integrantes del grupo “Golpes Bajos”) es raro encontrar a un señor que escribe con coherencia y calidad”.  Para él, que se había negado en los últimos ocho meses a presentar a cuatro poetas, hacerlo con Ánchel Conte no era un placer, sino un honor.

Retornó Gracia a la idea de incorrección, planteando un tercer grado al poeta, como si fuese “un gris con mala leche en la DGS”.

Le preguntó en primer lugar cuándo no sólo llegó a ser y vivir libre, sino que también se dedicó a contar la vida de los que no eran libres.  Conte respondió que no lo sabía, pero que un momento importante en su vida fue Aínsa, cuando ésta y su comarca pasaban por una etapa trágica debido al proyecto de destrucción de aquélla organizado por la administración franquista.  Allí había conocido a alumnos que “charraban aragonés” y habían recibido bofetadas por ello.  Allí se descubrió escribiendo no en castellano sino en aragonés, que no era su lengua habitual aunque sí hablaba algo en su niñez.  Este proceso de aniquilación de la zona le empuja a escribir, y en aragonés, pues al igual que había que salvar a los pueblos de los pantanos y que rescatar las comarcas, era necesario dignificar la lengua.  A este respecto recordó su condición de académico de la lengua aragonesa, pero su interés no se centraba en la Lingüística sino en el hecho de que aquélla era la lengua de sus alumnos.

 

 

A continuación, se interesó Gracia por cómo vivió la dictadura.  Según el escritor, no le traumatizó demasiado, como tampoco lo hizo “la comedura de coco en la escuela del franquismo”.  Vivió con miedo pero no fue capaz de cambiarle la vida, aunque advirtió que ser homosexual y comunista en un pueblo de seiscientos habitantes no había sido fácil; de ahí que su primer poemario fuera muy triste ya que durante el día era feliz con sus alumnos, pero al llegar la noche estaba solo en la habitación de una fonda (establecimiento que me recuerda ese “auberge espagnole” con el que J. Mayoralas, en su artículo “La literatura:  fase y/o desfase  – diástole y sístole- de un mismo proceso socio-histórico”, publicado en Senara, vol. 1, 1979, pp. 171-189, identifica la literatura y el que “cada uno aporta lo que buenamente puede”;  y en verdad Conte ha aportado mucho a la literatura en aragonés).  Insistió en que no le amargó la existencia y que siempre había combatido con la enseñanza, pues era una obligación ética el no adoctrinar a sus alumnos, a quienes leía la Declaración de Derechos Humanos ya en 1968 y a los que dejó elegir, en un viaje al país transalpino, entre visitar la fábrica de cristal de Murano o acudir a una manifestación del Partido Comunista de Italia.  Rememoró lo ocurrido hacía unos días, con ocasión de la celebración del quincuagésimo aniversario de Andalán:  Mariví, alumna suya (y consejera de la Diputación General de Aragón) le había reconocido:  “Somos lo que tú nos enseñaste a ser” (en un capítulo, “Mil recuerdos y una anécdota”,  otro lo firma Eloy Fernández Clemente:  “Ánchel y Andalán”, del libro homenaje a Conte, Una isla de libertad, ella, Victoria Broto, le agradece, entre otras muchísimas cosas, que le enseñara a leer el periódico).   En ese momento, Gracia Mosteo comentó que conocía a varios alumnos de Ánchel y que todos le admiraban y le estaban agradecidos por haber sido su maestro (otra muestra de ello, me atrevo a añadir, es el capítulo de citado libro homenaje que le dedica al poeta otro de sus discípulos, el escritor Severino Pallaruelo , quien recuerda la convivencia en la misma aula de “Miguel Ángel Asturias y cremallo, Picasso y segallo, García Lorca y chinibro, Rosalía de Castro y jadico” y subraya que ”era lo que necesitábamos”).  Ponderó este crítico literario que desde la perspectiva de 1966 se necesitaba mucho coraje para ser un hombre comunista, homosexual y que no escondía sus ideas.  A ello replicó el de Alcolea que a los veintidós años se era lo suficientemente inconsciente como para jugársela.  Y aún dijo más, como que hizo entonces cosas insólitas para aquel momento y que no recibió por ello ninguna reprimenda de padre alguno, como permitir las tiendas de campaña mixtas en una acampada (reconoció que hoy no le habrían permitido hacerlo los responsables de Educación, que según él no sabían qué era ésta porque eran burócratas, y se preguntó si hoy le habrían crucificado por aquello).

José Luis Gracia se refirió después a los muchos viajes realizados por Conte, a quien preguntó dónde era él más libre.  Éste afirmó que en todos los sitios:  Alcolea, Chalamera, Guatemala…  pero que si debía elegir uno, ése sería Siria porque allí nació uno de sus poemarios.  Se acordó de cómo entonces aún hablaba un poco de árabe porque se entendió en esa lengua con un taxista como el indio Jerónimo lo hubiese hecho en español, y por otro lado, de que le sorprendió la libertad con la que vivían los cristianos, en concreto en la población de Malula;  y eso que no existía la libertad política, pero sí el respeto entre la gente.  En cuanto a Guatemala, reconoció que le enamoró, a pesar de que había matanzas a diario (incluso llegó a sufrir un susto).  Sin embargo, no tuvo miedo, al igual que no se lo había tenido a Franco.  Podría ahora traerse a colación lo escrito por Fernando Pessoa, “Viajar, perder países”, pero no es el caso de Conte, pues los gana para nosotros a través de sus versos.

Alabó a continuación José Luis sus poemas, su naturalidad y euritmia, el hecho de que no se notara su elaboración (que hacía que pareciera que hubieran emanado de su cuerpo en lugar de haberlos escrito), esto es, que no se viera el proceso de construcción de los mismos.  Intervino Conte para reconocer que él no retocaba sus poesías (de las dos mil que había escrito, sólo lo había hecho con cuatro o cinco, porque se había repetido el momento que las inspiró y había añadido o quitado algo porque en ese instante era ya otra cosa).  Añadió entonces Gracia Mosteo que cada poema de Conte tenía fecha y hora, el autor dejaba constancia de este dato junto a cada obra  (esta costumbre me recordó el libro de Chusé Inazio Nabarro, “Sonetos d’amor e guambra”, donde no se recoge la fecha de escritura de cada uno de ellos, sino las “parolas ampratas”, las expresiones que se incluyen en los poemas o que los inspiran, todas reunidas al final del poemario, y lo mismo ocurre con su novela “Tempo de fabas”).  Continuó aseverando que como lector y como crítico imaginaba que otros poetas rehacían sus versos infinidad de veces (citó a Borges, quien se sabía tan corrector de su obra que publicaba para no seguir corrigiendo).  Conte era para él como Mozart, en cuyas partituras apenas había tachones.  En cuanto a esto último, Ánchel definió la poesía como una especie de chispa, que “pillabas” o no, y aseveró que no era partidario de releer lo que escribía, sobre todo si ya estaba impreso.  Así mismo, se refirió a los poemas de su libro “No deixez morir a mía voz” como vividos, no existencialistas (como se había dicho de ellos en alguna ocasión).  Señaló también cómo un crítico de La Vanguardia, marido de una compañera suya profesora de Francés, dijo de él:  “Aquí hay un gran poeta, pero debe corregir sus poemas”.  En suma, eran poemas de sinceridad, que uno tenía la necesidad de contar.

Indicó después que la geografía en la que había vivido le había marcado, pues según él “todas las tierras eran hermosas y en ellas vivían gentes hermosas”.  En su caso, reconoció que la infancia pesaba mucho, había sido muy feliz en un mundo negro, aunque era consciente de quién había ganado.  De ahí las alusiones constantes a Alcolea.  Un segundo paisaje fue el de su exilio en Aínsa, de donde le echaron el Delegado de Educación y el Gobernador civil de Huesca, en contra de la opinión de los padres de sus alumnos.  Intervino aquí Gracia Mosteo para destacar cómo Conte había vivido el conflicto de Cataluña desde su puesto de catedrático de Instituto, cuya directora “le iba a meter en vereda”, cosa que, al igual que ocurrió con Franco, no sucedió.  Y ello no porque este poeta fuera un nacionalista español, pues no había cambiado su ideología (algo secundario para él), sino porque lo que le importaba era la gente.

Le preguntó entonces José Luis Gracia cómo se había tomado su padre tener un hijo comunista.  Contestó el de Alcolea que le había advertido:  “Os habéis apuntado al partido perdedor”.  Apuntó que en la célula comunista de Zaragoza a la que él había pertenecido, de sus ocho miembros, seis eran hijos de guardias civiles.

También inquirió sobre la posible correspondencia entre la reciedumbre del paisaje aragonés y el carácter fuerte, rotundo y resistente de muchos aragoneses, entre ellos el propio poeta.  Éste replicó que sin duda existía y que él aún permanecía “agarrado” a algunos puntos de la infancia, como las ripas de Alcolea, la ermita de Chalamera… Otros recuerdos que citó fue el de la miseria que imperaba en los años de su niñez, cuando eran los hijos de unos represaliados quienes limpiaban el pozo ciego del cuartel.  También señaló lo mal que lo pasó en Barcelona, donde los guardias le bajaban de los árboles a los que él, como niño de pueblo, no podía resistirse a subir…  Así, pues, concluyó, su infancia y Aínsa fueron los momentos que más le habían marcado en su vida.  Podría insistirse en que esta idea del paisaje como reflejo de la comunidad que lo habita también ha sido expresada por Santiago Mateos Mejorada con ocasión del estudio de “La ensoñación de la Naturaleza en el Voyage en Espagne de Teofile Gautier”, publicado en la Revista de Filología Francesa, nº 3, 1993, pp. 121-132.  Este autor subraya la diferencia entre el paisaje francés y el español:  “La civilización, el progreso, la dulzura, la insipidez, la montaña se ven substituidas por lo agreste, lo extremo, la variedad, el contraste”.  Esta desigualdad entre ambas tierras, por cierto, es el motivo principal del capítulo “El buen pan de Francia” de la obra del ya citado Severino Pallaruelo, O transgresor piadoso.

Quiso saber Gracia la opinión de Conte sobre el panorama político y literario actual.  Según éste, era terrorífico, y no sólo en España, puesto que en Suecia el segundo partido era el nazi, al igual que la extrema derecha en Francia, y otros países europeos estaban controlados por los pronazis;  por ello el escenario era negro en todos lados. Resaltó lo sencillo que era cuando todos estaban contra Franco y lo complicado que resultaba ahora.  En cuanto a la literatura, confesó que apenas sentía curiosidad por lo que se publicaba, aunque reconoció que le gustaba Rafael Chirbes y otros que no fueran superventas.  También citó a Antonio Rabinad (Memento mori) y Carmen Laforet (Nada) y subrayó cómo lo escrito por Lope de Vega era mucho más valioso que todo lo que se publicaba ahora, que había demasiado márketing y que uno de los mayores problemas era la obligación impuesta por los editores a los autores de publicar un libro cada poco tiempo.  Coincidieron Ánchel y José Luis al ponderar al autor Carlos Castán como un escritor aragonés no valorado, que había pasado desapercibido hasta el punto de no habérsele otorgado el Premio de las Letras Aragonesas, como el mejor cuentista, el mejor escritor de relatos de España si se consideraba su obra Frío de vivir (editada por Zócalo, sello editorial de Fernando Jiménez Ocaña bajo el que también había publicado Gracia Mosteo).  Fue entonces cuando José Luis lamentó que en Aragón tampoco se hubiera reconocido lo suficiente a Ánchel Conte, a quien dijo que era “como el Carlos Boyero de las letras aragonesas” y al que agradeció que nos hubiera enseñado la palabra “resistencia”.  Coincidió en este punto Felices, quien apostilló que no se había concedido el Premio citado a un escritor en aragonés, aunque sí a autores con obras escritas en catalán de Aragón y castellano (podría ser esto una muestra más de lo que Rexina R. Vega afirma en “Lenguas y estatus”, El Trujamán, 20 de octubre de 2005:  “No todas las lenguas peninsulares tiene el mismo estatus”).

Añadió también, para ponderar la fuerza de los versos de Conte,  el vicepresidente segundo de la Casa de Aragón en Madrid que en sus Comentarios al Quijote don Diego Clemencín había hallado varios fallos gramaticales; pero esta obra, aun escribiéndola “mal”, era magistral porque Cervantes la había escrito “a borbotones”, “era un chorro de agua fresca”.

Aún señaló Conte otro punto clave en su vida:  Teruel.   Y añadió que de allí no le echaron, se fue él.  Recaló en la ciudad del Turia porque así se lo indicaron en el Partido a cuyos responsables llamó antes de elegir destino.  Permaneció allí tres años, los más felices de su vida y los más trascendentales en la Historia según él.

Habló después de su vicio de escribir y del vicio de escribir en una lengua que no era hablada por más de cinco o seis mil personas.  Calificó de insuficiente la actual Ley de Lenguas de Aragón ya que no declaraba cooficial al aragonés, la única forma de que esta lengua viviera;  si no era así, ni siquiera los miembros de la Academia Aragonesa de la Lengua iban a poder salvarla.  Criticó también el presupuesto con que ésta estaba dotada:  unos 20.000 euros anuales;  el equivalente al gasto en un vino español, aragonés o internacional en un día de fiesta, a lo que se sumaba el hecho de que la asignación se concediese después de realizar un gasto.  Por otra parte, subrayó que la fijación de una ortografía era labor de la citada Academia.  Reconoció asimismo que para él lo más relevante no era la lengua en sí, sino la gente que la hablaba, sus alumnos que la utilizaban y dejaron de hacerlo (la reacción de éstos cuando se acercaba para oírles era la de esperar un golpe, prueba de que otros les habían maltratado por emplearla).    Volvió luego a hablar de poesía:  no le “salía” en español (salvo algún poema escrito para alguien que no sabía aragonés).  En cuanto al poemario, señaló que comenzaba con el último poema que la editora leyó en Facebook (“Viaje virtual a Alcolea”; lo incluyó el día anterior a aquél en que cerró el libro, tenía la fecha del 14 de agosto de 2022, y había sido rehecho seis días después) y terminaba con el primero que le dedicó a su marido en 1977.

Acto seguido, varios de los asistentes tomaron la palabra.  Una mujer, que le llamó “profesor” pues como alumna le preguntaba, sentía curiosidad por cómo quería vivir en el futuro.  Ánchel respondió que “tranquilo y escribiendo”, pero admitió que esa tranquilidad de la que disfrutaba no le había hecho perder “la mala hostia”, que mantendría en un mundo que se enfrentase a la libertad, y que por ello no le dejaban estar absolutamente tranquilo.  Atribuyó a los docentes y a los padres la responsabilidad colectiva por el hecho de que a las actuales generaciones de jóvenes se les hubiera facilitado demasiado la vida y no se les hubiera transmitido la necesidad de la lucha.  Apoyó esta aseveración con lo que le contó un miembro de “La Ronda de Boltaña”:  sólo acudían a oírles la gente de su edad y los chavales de unos dieciocho años;  aquéllos que tenían entre veinte y cincuenta años no aparecían cuando tocaban ellos.  Conte se sentía, en parte, responsable, a pesar de que él no había aleccionado a sus alumnos, sino que les había dado directrices de vida.

Siguió hablando de música, en concreto de cantautores como Elena Martínez (que utilizaba para sus canciones los poemas más actuales) y Quique Ubieto (quien jugaba con sus poemas, los mezclaba, hacía con ellos “cosas muy raras pero muy interesantes”);  así mismo se había realizado una obra sinfónica con sus versos que le había impresionado.  Por supuesto, se hizo referencia a “Mai”, un poema “más que triste, de soledad”.  Advirtió cómo los músicos (entre ellos un sobrino suyo) solían elegir las poesías de “No deixez morir a mía voz” para sus composiciones.    Afirmó que con sus poemas podían hacer lo que quisieran (si bien no se los imaginaba cantados por una soprano), pues ya no eran suyos.  No puede uno resistirse a recoger aquí la cita de don Vítor Manuel de Aguiar e Silva (que tomo de la contribución de don José Ángel Sánchez Ibáñez, “La poesía neopopularista contemporánea en aragonés:  algunos planteamientos generales y dos calas textuales” (calas que corresponden a poemas de Victoria Nicolás y de Severino Pallaruelo), al libro homenaje a los profesores don Francho Nagore y don Jesús Vázquez:  Arredol d’a parola, IEA, Huesca, 2021), sobre cómo Jan Mukarovsky distingue dos fases en la obra literaria:  la del artefacto obra del autor y la del objeto estético que trae su causa del lector.

Recordó cómo le habían invitado dos veces en el Instituto de Alcolea para que leyera sus poemas y cómo se grabó un vídeo de los estudiantes recitándolos.  Del mismo modo, rememoró un mitin en las elecciones locales de 1977 (y cómo después ganó la izquierda, pero el PSOE le dio la alcaldía al PAR) donde la gente que allí se agolpaba le seguía llamando “Angelito el del cabo”.

Tras otras intervenciones, Felices recordó el homenaje tributado en esa Casa a Ángel Guinda, que había incluido la elaboración de un marcapáginas.  Se volvió a agradecer a Ánchel su presencia y sus palabras, palabras que volvieron a salir de sus manos en las dedicatorias de los muchos libros que los asistentes quisimos hacer nuestros, de aquellos volúmenes que la editora había traído hasta la madrileña plaza de la República Argentina en una maleta, como hacía el “Egoquondam” del relato que lleva por título esta expresión latina incluido en la “nobela-montaña de chelo”  del escritor en aragonés(y actual presidente del ya citado Consello d’a Fabla Aragonesa, la que fuera asociación encargada de la publicación de varias obras de Conte), Chusé Inazio Nabarro, obra a la que ya me he referido antes.

Tras haber escuchado a Conte y a quienes glosaron su vida y obra en la Casa de Aragón, no puedo dejar de recordar una novela (cuya lectura aún tengo pendiente) de uno de sus alumnos ya citados, Severino Pallaruelo:  “O transgresor piadoso”, la única escrita por él en aragonés, en una edad ya madura y tras haber escrito el resto de sus libros en castellano.  ¿Es Ánchel Conte ese transgresor rebosante de piedad, ese rebelde que quiso tanto a sus alumnos como para hacer suya la lengua con la que ellos aún se comunicaban?