La estancia en Huesca del escritor José Sánchez Rojas (II)

Diario de Huesca 7 marzo 1926

Segunda (y última) parte del texto que hemos dedicado a los meses que el escritor Sánchez Rojas (1885-1931) pasó, desterrado, en la ciudad de Huesca. En esta ocasión, se dan a conocer algunos de los artículos que, durante aquel tiempo, dedicó a la ciudad y a sus gentes.

 

Aunque cuando José Sánchez Rojas llegó a Huesca hacía bien poco que había comenzado a publicar sus artículos en El Socialista, los textos que ofreció al diario durante aquel lapso de tiempo aparecieron siempre deshuesados de toda referencia política explícita. Quizá porque el escritor consideró cuán inoportuno era atizar de nuevo entre el Gobierno las brasas del descontento; o quizá también, porque ya el salamantino comenzaba a perfilar sus simpatías (y es posible que Huesca, en donde trabó amistad con Ramón Acín, influyera en ello) por los grupos ácratas, tal y como demostró, poco después de abandonar el Altoaragón, cuando declaró públicamente –con el consiguiente disgusto de personajes como Manuel Cordero, que, por ello, le arrojó el apelativo de “anarquista infantil”- que el Partido Socialista le resultaba “poco joven, poco inquieto”.

Así, lo que en realidad destaca en los textos que escribió entonces Sánchez Rojas son las referencias –normalmente alegres- a los paisajes y tipos oscenses. De este modo, igual dedica frases a los nuevos amigos que va haciendo en la ciudad, que ofrece constantes referencias a las mujeres de la provincia, tanto como poeta –algunos de sus versos imitan, con cierta ironía, el estilo de Garcilaso- como prosista; para luego confesar el grato descubrimiento de la Jota aragonesa, o exponer, haciendo gala de sus raíces iconoclastas, su incredulidad por la leyenda de la Campana de Huesca (“Aunque lo digan todos los Arcos –se refería a Ricardo del Arco- habidos y por haber. Yo no creo en las leyendas (…) Yo he vivido en Covadonga, desde entonces no creo en Don Pelayo”) o por los tópicos que los castellanos tenían sobre Aragón. Y es que, si algo caracteriza estas crónicas es su descubrimiento del “otro”, de una realidad que hasta la fecha había conocido por las vaguedades de una literatura regionalista que sólo sabía ofrecer meras caricaturas del territorio aragonés. Y ello lo ofrecía, unas veces, con sentido del humor (“la gente me pregunta que si he visto los osos polares por estas tierras”); otras, con enfado: “Nobleza Baturra (….) es una película idiota (…) que me tiene indignado (…) [los aragoneses] no parten nueces con la cabeza, los mañicos no ponen la burra delante del tren; los mañicos no son toscos ni zafios. La tosquedad, la plebeyez de espíritu, la incomprensión, la mentira soez y la calumnia sistemática, son patrimonio de los señoritos zarzueleros y peliculeros (…) Aragón es tierra, precisamente, de lo contrario”. Y también ofreció alabanzas a un hombre al que había tenido la oportunidad de conocer en el Ateneo de Madrid y por el que siempre sintió gran atracción: Joaquín Costa. A él, de hecho, dedicó su primera colaboración en El Diario de Huesca, para explicar a los lectores algunos rasgos pintorescos de la personalidad de su convecino –caso de, por ejemplo, su pasión por el trabajo, pues Costa solía decir a Sánchez Rojas al verle en el Ateneo: “He pasado todo el día trabajando. Me sostengo con café. Me he olvidado de comer”-, o para testimoniar la facilidad que este tenía para acuñar frases afortunadas: “En España no quedan más hombres que las mujeres”.

La brevedad del destierro –que no impidió que Sánchez Rojas continuara dedicando textos a la ciudad: son ejemplo de ello los que publicó en la revista Estampa, sobre la plaza de Graus; en Mediterráneo, sobre la estética y maneras de los chesos; y en el Heraldo de Madrid, sobre la Semana Santa oscense- y su temprana muerte impidieron que el salmantino pudiera cumplir la promesa que había hecho a sus nuevas amistades al poco de llegar a la ciudad: la de escribir un libro que retratara, con mayor profundidad, sus impresiones de la provincia de Huesca. Aún así, los textos que sí llegaron a ver la luz ya constituyen, en su conjunto, un interesante legado que, a día de hoy, merece la pena rescatar.

 

Sánchez Rojas escribe acerca de Costa