II. Tito Biello en palacio
Llegó Tito Biello al Palacio rumiando maldades, que la vida palaciega era un tanto aburrida. El Palacio, pretendido bastión de una intensa vida parlamentaria, se resistía con su mole a los intentos de dominación presidencial. Reprendió a los ujieres porque las ventanas estaban cerradas y no pasaba el aire del exterior, ¿no había dicho que quería transparencia y participación?
No entendía por qué había tanta oposición a que presidiera la Trilateral. Al fin y al cabo, ya la había presidido antes y no había conseguido nada.
Estaba satisfecho por haber evitado nuevos cantos. Solo hubiera faltado que, de admitirse, le atribuyeran el mérito a Chemari.
Revisó la agenda del día, un tanto anodina, sin dinero a repartir. Preguntó por Freddo, pero se le informó que se le veía poco, le seguía molestando de vez en cuando la muela.
No pudo evitar cachondearse un tanto al leer en el “Heraldico” un artículo sobre el curso político, con su firma, con frases como “tenemos que dar respuesta a una sociedad que demanda responsabilidad a la clase política”. “Ukelele (su amanuense, siempre sobrado) se ha pasado –pensó—casi es más cínico que yo.” Le hubiera gustado merecer el título de “nuevo Maquiavelo”, puesto que tras contribuir a que Ragón fuera autonomía de segunda ahora era su más acérrimo defensor, incluso iba a reclamar los derechos históricos. Pero en su fuero interno sabía que lo suyo era un maquiavelismo para repartir cargos y mantener el cocido, sin alejarse de su corrico.
Para acabar el día sacó a pasear al perro. Pasó un coche ocupado por jóvenes que oían canciones labordetianas a todo volumen. Tuvo un momento sentimental: “Tantos años cerca del poder y no se me quiere. Cuando me vaya –pensó—nadie me echará en falta ni lo sentirá”. Abrumado por ese momento de claridad, se fue a echar un lingotazo de whisky de malta.