IV. Evita y Don Javi, ¿una pareja ideal?

Evita y Don Javi  asistían a una sesión del Parlamento de Ragón. Bien acomodados en sus escaños, uno detrás de otra, cercanos pero no juntos, en fotografía parecían una pareja ideal. Es sabido que la conjunción de un bueno y un malo funciona en la policía, los negocios e incluso en la ficción. Ella, Evita, con su carita de niña modosa y su melenita cuidada. Él, Don Javi, calvorota, con su barba poco poblada, dando imagen de rigor, de experiencia, incluso de mala leche, tan necesaria en política. Pero, ¡ay¡, la realidad es siempre más dura.

Oían las largas peroratas sin prestar mucha atención. Un monótono rosario de intervenciones servía de telón de fondo a sus profundas reflexiones. Tan monótono que hasta Tito Biello pretendía que los señores diputados no leyeran, para que pudieran entrenarse y aspirar al estilo oratorio de un Castelar o un Azaña (según su adscripción política, of course). ¡Y pensar que los cuatro próximos años tendrían que aguantar tanto tedio¡ ¡Y sin dinero para repartir¡

 

Evita seguía mohína. Había sido muy dura la desilusión. Tras soñar, como la lechera del cuento, con mandar y disponer, tocaba ahora estar en segundo plano, notando a sus espaldas como se fraguaba la conspiración de sus “compañeros” de partido: “¿Qué se habría creído?”, “A ver ahora, sin apoyo eclesiástico, cuál es la fuerza de esta mindundi”, “Pepis se la come con patatas”… Alejada de su gran ideólogo y mentor particular, dedicado a las comunicaciones intergalácticas, se sintió muy sola y poco apreciada. Volvió tímidamente la cabeza y dirigió a Don Javi una mirada sumisa, pidiendo consuelo, pero Don Javi, inmisericorde, desvió la vista para no dejar adivinar sus designios, oscuros como su propia forma de ser.

Don Javi había dudado al principio si aceptar sentarse en segunda fila: “¡Él, emparentado con luchadores y padrino del clan, perdiendo preeminencia¡”. Pero pronto entendió que la segunda fila era buen lugar para controlar y vigilar, en su estilo habitual que tan buenos resultados le diera hasta el nefasto mayo de 2011. Desde allí podía escudriñar el comportamiento y las relaciones de Evita, Sádico (no se le fuera a subir a la cabeza tanto vocear), Tepe, Fiorentino, Alsacia y Citina. Y, a su vera, controlaba a Dictador, un poco frustrado y mustio por su pérdida de protagonismo y no tener ocasión de lucir su verbo florido y polemizar con Mudito y su amigo monegrino.

Se le habían acumulado las decepciones y los enanos: no había podido disfrutar la magnificencia del palacio provincial ampliado, para controlar mejor el cuarto espacio; Tonino pretendía tomarle el pelo y tocarle los huevos promoviendo un sexto espacio; la policía cercaba a alguno de sus Alcaldes, pese a sus mítines de apoyo; y el candidato Alfredo pretendía suprimir las Corporaciones provinciales, algo razonable si no fuera porque se le ocurría ahora que habían perdido el poder en ellas. “¡Ingenuo Alfredo¡ –pensó–, olvida las enseñanzas marxistas (el interés económico siempre determinante), que él supo aplicar con esmero: primero, poniendo sueldo a todos los diputados; luego, incrementando los puestos a dedo.¡Si hasta su sucesor Meamont –desoyendo las directrices austeras de Pepis—mantenía sesenta y dos eventuales¡. ¡A ver quien iba a ser tan idiota de prescindir de tantas colocaciones¡”.

Con esos pensamientos, Don Javi se notó tenso. Por un momento dudó si desahogarse dando un cachete a la melenita de la tontina de Evita, allí delante tan a mano, pero se reprimió, no fuera a tomarse como violencia de género, siendo él tan virtuoso.