VI. La poetisa, la ardilla, la tortuga y los condenados
La sesión del Parlamento de Ragón empezó con una loa a Tito Biello. No en vano había incorporado a su staff a una poetisa. “Acariciados por los delicados dedos de tus palabras, ¡oh Presidente¡, buscamos tu luz liberadora en nuestros debates”, musitaron los diputados a una señal.
Acto seguido, el reloj digital de 22.000 euros inició su cuenta poniendo rigor temporal inflexible en las intervenciones, en sustitución de cortesías y permisibilidades. Su tic tac imponía orden y concierto, evitando disfuncionalidades inadmisibles en el discurrir de la vida parlamentaria.
Tito Biello, practicando un nuevo estilo en la Cámara, cambiaba de lugar de forma incansable. Ora presidiendo, ora en la tribuna de oradores, ora hablando desde un escaño, ora haciéndose notar en el altillo del público –donde no había mucha asistencia ni participación popular–, ora haciendo declaraciones en el pasillo. Tanto movimiento hizo recordar a algún diputado leído aquellos versos clásicos de Iriarte: “Tantas idas y venidas, tantas vueltas y revueltas, quiero amiga que me digas, ¿son de alguna utilidad?”. Pero la poetisa sugirió la contestación: “Yo me afano, más no en vano, sé mi oficio” (aunque no estuvieran claros los resultados reales de tanta movilidad, distraían al personal).
La señorita Pepis, en su escaño junto a Mudito, observaba con sonrisa imperturbable tal demostración de actividad. Ella, por el contrario, era seguidora de la táctica de la tortuga: “Quien va despacio, va lejos”, pensó. Y pasó revista a los importantes anuncios que iniciaron su labor de gobierno: disminuir fotocopias, regalices, pipas y agua al personal; auditar la situación económica, un macroconcurso de empleados, ordenar las empresas públicas, etc., etc. Habían pasado cinco meses desde las elecciones y los anuncios no acababan de concretarse en hechos. Había que aguantar hasta el 20-N y eso lo facilitaba el paso de tortuga: hablar de moderación, responsabilidad y austeridad le permitiría llegar al final de año sin despeinarse. Aunque, para que no se confiara, le dio un tirón de orejas a su consejero Marius Auditurus, que hablaba mucho pero estaba durmiéndose en los laureles.
En esto, conmovió a los grupos mayoritarios la noticia de que habían sido condenados por sentencia del Tribunal Superior de Ragón un diputado de cada uno de ellos: el amigo monegrino y Alsacia, por desobediencia judicial en su época de alcaldes. Como el asunto afectaba a los dos partidos, se acordó evitar meter el dedo en el ojo al contrario y pasar de hablar de responsabilidades políticas. Antes bien, se aparentaba estar ofendidos: ¿es que no se presume inocente a un condenado?, ¿vale para algo una sentencia si no es firme? ¿es que tiene alguna importancia que una autoridad desobedezca a los tribunales? ¡Vaya con los jueces, qué se habrían creído, atreverse a inhabilitar a dos políticos en activo (eso sí, hábilmente sólo para cargos locales) y solamente por desobedecer a sus señorías¡”. Alsacia, aunque había sido asesora –¡vaya asesora¡– del consejero de Presidencia, alegaba ignorancia; el amigo monegrino había hecho todo en beneficio de su pueblo. Pero la procesión iba por dentro porque todavía les quedaban cuentas pendientes con la justicia.
La poetisa, que no era tonta, sabía que eran malos tiempos para la lírica. Observaba todo desde su cuarto verde. No era cuestión de maldecir mil veces y había que disimular todo aquel desastre. Afortunadamente –pensó—al menos tanto Pepis como Tito Biello parecían más fuertes en las fotografías que en la realidad.