Retomar las raíces. La siega en los años 20
Memorias de mi padre, Salvador Magallón Lizana
Va camino de los 92 años y todavía acude a los partidos del Alcañiz C.F.
Ha escrito retazos de su pasado. Él hubiera querido estudiar, pero tuvo que ir al campo. Y también a la guerra. Para mí son unas memorias deliciosas, sin publicar. Ojalá a otros también les gusten.
Este trozo va sobre la siega.
Teníamos un par de machos muy buenos, uno llamado ‘Tordillo’, blanco; otro de color marrón, llamado ‘Bayo’. Los dos muy mansos. A mí me gustaba más Tordillo, del cual me hice muy amigo. Montaba en él sin baste ni montura, a pelo. Yo me subía en pie encima de su lomo y él se dejaba. Poco a poco fui dándome a estas faenas que fueron siendo de más peso.
Como la escuela se había terminado en Junio, la primera de las largas faenas fue la siega. Para estos menesteres, cada año bajaba un señor de Cederillas, llamado Primo, le decíamos ‘el Dallador’, que era el encargado de cortar la mies. Yo hacía las gavillas, mi madre se las daba a mi padre y éste las ataba. El calor que hacía aquellos días de verano era asfixiante. No os quiero decir la temperatura del agua: ¡parecía caldo! En fin, se pasaba el día, y como estábamos en la masada, en esos días en la Torredonsanta, dormíamos en el pajar, por supuestos vestidos –con esos calzoncillos largos de rayas, y la camisa-, todo lo que llevábamos por el día. Al día siguiente, a madrugar, para aprovechar la fresca de la mañana.
Terminada la siega se procedía a la siembra de las judías, que se sembraban en el rastrojo del trigo, si era regadío. Naturalmente, por entonces, en la huerta podíamos ya saborear los higos, a los que nosotros llamamos ‘higotes’. Plantábamos también la remolacha azucarera y después empezábamos la trilla. Para esta tarea se preparaba en casa el suministro para varios días, el ‘recao’; todos los aperos necesarios –que no eran pocos, a saber: el trillo, las horcas, pala, cribas, talegas, porgadera, paños y alguno más que no recuerdo. No faltaba tampoco el cajón con los pollos y gallinas que una vez en el monte se soltaban. Estos animales se lo pasaban en grande, corriendo por el monte tras los insectos y grillos que no faltaban.
La trilla, aunque era pesada, no lo era tanto como la siega. Mientras se molía la mies, que se hacía dando vueltas por la era con el trillo, al que no le tocaba ir en el trillo podía estar sentado en la sombra de la masada. Después de que la mies estaba molida si hacía aire se procedía a separar el grano de la paja. Esto sí que es muy laborioso al consistir en lanzarlo al aire por medio de las horcas: el aire se lleva la paja y el grano como pesa más se queda abajo en un montón. Una vez limpio de paja se procedía al cribado, con la porgadera. Y terminada su limpieza se metía el trigo en las talegas o sacos y se llevaban al granero o al comprador si estaba vendido. Si no hacía aire amontonábamos la parva (trigo más paja) y acarreábamos más mies para trillarla al día siguiente.
Para esta faena de la trilla, las tormentas son malas, pues si aparecen tienes que amontonar la parva y escobar la era para que el grano se moje lo menos posible. Y esto, claro, era muy costoso.
La trilla solía durar hasta mediados o finales de agosto. La faena más pesada era entrar la paja al pajar. Consistía en echar en una manta o paño la paja y, al hombro, subirlo de la era al pajar que solía estar en alto. Polvo, paja, sudor, todo nos daba en el cuerpo. (¿Duchas? ¿Qué me dices?) Durante la estancia en la masada se bebía agua de balsa, recogida de las lluvias, un agua especial (especialmente buena) para cocer las judías. Las balsas estaban llenas de cucharones y en ellas no era raro que algún perro se refrescara metiéndose dentro. Con todo y con eso, el agua era muy buena y las amistades que no iban al monte te pedían que les llevaras ‘agua de balsa’. Claro que entonces no existían los sulfatos. Las balsas se llenaban en las tormentas.
Terminada la recolección se preparaba el regreso al pueblo. Los pollos ya necesitaban un cajón mayor pues habían crecido, las gallinas con las crestas tan encarnadas ponían más huevos y éstos eran una delicia. Era costumbre que para las fiestas de septiembre se le regalase un pollo al médico. Un pollo de verdad.