Aragoneses en Cataluña
El Centro Aragonés de Barcelona es el más importante de los más de sesenta que reúnen a nuestra emigración por España, Europa y América. Ha cumplido hace poco sus cien años, con fastos memorables, fantásticos murales de Jorge Gay y un precioso libro de Antón Castro. Sus actividades culturales (exposiciones, conciertos, o conferencias en las que, además de las ayudas genéricas del Gobierno de Aragón cuenta con el apoyo de la Institución Fernando el Católico) tienen un nivel importante, y acogen un público fiel, entusiasta, añorante de sus tierras y pueblos de origen aunque lleven allí décadas felices de trabajo y creación de familias.
Una amable invitación de su Junta, que preside hace tiempo con eficiencia y estilo el darocense Jacinto Bello, me llevó hace unos días a participar con ellos de su fiesta principal de cada año, la que distingue a quienes llevan un cuarto o medio siglo como socios. Eran bastantes, presididos por el veteranísimo don Ángel Langarón, casi centenario, con ganas aún de cantar jotas. Entre ellos, dos viejos amigos: el catedrático emérito de Derecho Civil de la Universidad de Barcelona, Agustín Luna, discípulo del profesor Lacruz Berdejo, y Cruz Barrio, bibliotecaria y animadora cultural.
El Centro rendía de paso homenaje a Ramón Salanova, que en sus muchos años de Secretario general en Presidencia o Vicepresidencia del Gobierno de Aragón, ha sido clave en el impulso dado a las Casas de Aragón, viajando a muchas de ellas, organizando sus encuentros, promoviendo su vitalización. Una tarea urgente, imprescindible, de alto valor moral.Y quisieron hacerme como a él Socio de honor, quizá porque en los últimos cuarenta años nunca he dicho que no a sus muchas invitaciones. (En el tándem hubieran estado los tres grandes últimos directores de la IFC, Fatás, Borrás y Forcadell, pero no podían acudir).
En esos días, viendo la prensa, los carteles y otra propaganda, me surgió la cuestión principal del momento: las elecciones catalanas inminentes, y lo que suponía la propuesta de CiU, -muy poco disfrazada y a expensas de lo que los avisados votantes permitan-, de caminar hacia la independencia. Un asunto que, aunque suena desde hace siglo y medio, nadie podría haber vaticinado que estaba a la vuelta de la esquina. Sin duda una huída hacia delante forzada por la crisis y el gran agujero económico que a pesar de los duros recortes sociales efectuados por el señor Mas y su govern tiene la Hacienda de la Generalitat.
¿Cuál puede ser la actitud a tomar por los más de cien mil aragoneses de nacimiento empadronados en Cataluña? Porque antes la cuestión era elegir entre las diversas, abundantes opciones con todas las variables, la más acorde con la propia manera de pensar. Ahora, la polarización lleva a optar entre quien anuncia que pese a quien pese y cueste lo que cueste llevará adelante un referéndum, primero, y si lo gana, la marcha hacia la soberanía, con los matices que se quiera; o quienes, también con importantes matices, entienden que no es bueno para España en su conjunto, pero tampoco para Cataluña, esa ruptura. Así lo creo, y firmé la tan difundida (y demonizada) “carta de los intelectuales”, aunque llegué tarde al plazo marcado.
Y si gana la opción radical cuál sería el estatus, la condición de tantos inmigrantes de primer grado, por lo general bastante mayores, si no hablan de manera habitual la lengua catalana, si no se sienten sino, quizá, al cincuenta por ciento de allí. Quizá se empadronarían en sus pueblos de origen (algunos lo han hecho ya), a los que posiblemente irían regresando cada vez más. A nadie le gusta que entre los excesos verbales a que lleva una campaña electoral, se le llame extranjero, llevando allí mucho tiempo de trabajo y vida, aunque no de transformación identitaria.
La cuestión no es baladí, y no sólo porque afecta a tantos aragoneses forzados a buscar trabajo y futuro lejos de aquí. También porque un divorcio que uno de los dos no desea en absoluto sólo lleva a tensiones crecientes, a petición de cuentas, a repartos de bienes. Y no olvidemos que Cataluña siendo una “amistosa” Comunidad autónoma vecina y con mucha historia común (que algunos allí tergiversan), dificultó compartir el Archivo histórico de toda la Corona de Aragón, se negó a devolver tantos bienes religiosos que había tomado “prestados” (su clero, ahora tan contento con la perspectiva de la secesión, desobedeció al Vaticano, siendo apoyado siempre por la Generalitat), y sus agitadores culturales enfocaron torcidamente la cuestión fronteriza, la lengua, que aquí hablan bastantes miles de ciudadanos. ¿Qué va uno a pensar que nos espera a los pequeños, testarudos, pobres aragoneses del interior, culpables, al parecer, de que la dinastía reinante en el medievo llevara, ay, el nombre de los primeros reyes: Aragón, escasa y ruinosa gloria que nos queda, frente a la próspera, rica, pero fosca Cataluña?